
Pero Intoxic celebraba algo. Era una fiesta privada. Y la estaba viviendo hace algunos meses. Estaba s.o.l.a. Según otros no es motivo para festinar. Pero qué más daba. La proliferación a su alrededor de monos navajeros no la intimidaba. No la preocupaba. Unas pantys negras, una falda negra, una polera roja era suficiente bandera para celebrar su nueva y recien estrenada soledad. Y una mujer sola se huele, dicen. Se percibe, creen. Se siente, piensan.
Toda la marihuana era por cortesía de la dueña mexicanaza de la fiesta. Hay que decir que como buena ciudadana de USA chica, la mexicanaza ofrecía guacamole de primer nivel, nachos, ají bien rojo y bien ardiente. La noche se anunciaba linda. Harta estrella brillando en el cielo. Linda.
Como en toda buena fiesta, Intoxic perdió la noción de la hora. Hace cuanto había llegado? Cuánto había fumado? S.O.L.A. Era mucho al parecer. Así que cansada de suficiente soledad buscó en la semi oscuridad. Y encontró un pedazo de aguacate bien apetitozo.
No muchos preámbulos se necesitan para concretar una buena ensalada íntima. Pero esta vez Intoxic quería platicarrrs. Un rato, wey. El nuevo amigo amenizó ofreciendo una pipa. Quería hacer la paz? Miss Intoxic aceptó. De lo que hablaran poco importaba. Porque ese hombre no la iba a escuchar realmente. Ese aguacate de 30 años no miraba sus ojos cuando le decía "sí" "claro" "ya". Y la Intoxic no había hablado mucho esa noche mexicanaza. Sus palabras se atoraban en la garganta para salir al aire. Y sin quererlo realmente (porque es patético) habló de su ex, de sus problemas, de su ex, de su ex, de su ex... de sus problemas.
La noche estaba buena para salir huyendo. Pero la Intoxic se quedó. Y una mano de 30 años llevó su fría mano de 19 a una tumba sin flores. Y la mató. La mató. La mató. La mató.
Cuando el sol empezó a picarle en la nariz, abrió un ojo primero y vio todo blanco. Después abrió el otro y se armó mejor el cuadro. Ella en posición de haber sido arrollada por un auto. Sin zapatos. Sola, de nuevo. Con sus fusiles sin carga para levantarse. Y con un dolor que nacía en su cabeza y permanecía ahí, latiendo, en todo el cuerpo basureado, trasnochado y vulnerado por un extraño que dejó caer todo el peso de sus años sobre ella. No hubo equilibrio en esa guerra. Pero Intoxic se cagó de la risa y aunque cada carcajada le dolía hasta lo hondo, no paró de hacerlo hasta que llegó a su casa a barrerse de encima hasta la última gota de organismos ajenos con una ducha.